jueves, 1 de octubre de 2015



La premonición
Por Grace Delint
En estos días he estado evocando recuerdos de los sucesos de hace ya treinta años. Tengo muy vivo en la memoria que el 18 de septiembre de 1985, hacia las seis de la tarde me dolió el estómago, como si presintiera que algo terrible fuera a pasar. Mi esposo no estaba en México, había salido de trabajo. Cuándo mi esposo estaba fuera me quedaba a dormir en casa de mis papás. Mi madre me preguntó: “¿Te vas a quedar a dormir aquí?”, porque era lo habitual, sin embargo le respondí que no, que ya era hora de que perdiera el miedo a estar sola en mi casa cuando no estuviera mi marido.
Salí de casa de mis padres, llegamos mi niño y yo a casa, que estaba a escaso un kilómetro de la de mis padres. Abrí las puertas del garage, metí el auto y bajamos nuestras mochilas. En aquel entonces, yo daba clases en el Colegio de Bachilleres y mi hijo cursaba el segundo año de primaria. Merendamos, preparamos la tarea, los útiles y loncheras del día siguiente.
El dolor de estómago no se me quitaba para nada. Le dije a mi hijo que se durmiera en mi cama, así lo hizo. El dolor de estómago, cada vez más fuerte. Entonces decidí hablarle a mi suegra para decirle que me iba a su casa, porque si temblaba no sé qué haría yo en casa sola con el niño. Ella me respondió: “No, mija, no va a pasar nada”. La conversación se alargó por una hora y mi niño ya se había dormido. Le dije: “Ya se durmió el niño, me voy a quedar aquí”.
Decidí dejar prendidas todas las luces de la casa: el estudio, la sala, el comedor, la cocina, las recámaras, la luz de las escaleras. En lugar de ponerme la pijama, me vestí con mis pants rosas y las llaves de mi casa, en la bolsa de los pantalones. Comencé a hacer el simulacro de evacuación a partir de las diez de la noche. Me acostaba y tomaba el tiempo en el reloj a un minuto determinado pensaba que comenzaba el temblor, tomaba la maleta con ropa y bajaba corriendo las escaleras, abría la puerta y salía. Esta operación la hice unas veinte veces sin exagerar.
A las cinco de la mañana me dije “ya no tembló, me voy a dormir” y me quedé profundamente dormida. A las seis de la mañana me desperté y me bañé, después desperté a mi niño, se levantó, fue al baño y justo cuando estaba por secarme el cabello con la secadora, sentí y vi que la pared del hall se hacía techo, los muros tronaban terriblemente. Aparentemente calmada le dije a mi niño, “vamos de aquí”, él estaba en el baño. Él no sentía nada. Lo cargué y bajé rápidamente las escaleras, el pobre no dejaba de orinar mientras bajaba a toda velocidad las escaleras, yo ni cuenta me di. Abrí la puerta y cuando salimos al porche, observamos el auto que se movía indescriptiblemente, el agua de la cisterna regó todo el jardincito donde estaba la majestuosa e histórica higuera de la casa de Cairo. Corrimos por el largo patio hacia la puerta principal.
Nos pusimos “a salvo” justo en el lugar más peligroso: abajo del techo de la entrada a la casa, que de por sí ya se estaba derrumbando; sin embargo, ni tierrita nos cayó sobre la cabeza. Así comenzábamos ese histórico e inolvidable 19 de septiembre al as 7:19 horas.
Era el principio de la historia, no el final, como pensé, y más tarde en la televisión pude ver con asombro y dolor una ciudad que parecía del Medio Oriente, como si la hubieran bombardeado, y era mi ciudad. Por la noche, mientras estábamos en casa de unos parientes de mi esposo, porque un edificio, en donde vivían otros de sus familiares, se vino abajo en la colonia Narvarte, empezó una réplica y casi me colapso, a no ser por mi suegra, que logró controlarme, pero a costa de rasguños y pellizcos en los brazos. Si el de la mañana del 19 de septiembre fue terrible, de 8.1 en la escala de Richter, el que sobrevino treinta y seis horas después, no fue cosa menor, según recuerdo llegó a 7.3, que ya es un sismo muy destructivo.
Para mí acabó ahí la historia, no le pasó nada a ningún familiar, ni amigo mío, pero empezó la tragedia en miles de familias mexicanas, las cifras oficiales hablan de unos tres mil a cuatro mil muertos y las extra oficiales dicen que murieron unas diez mil personas.
Después de treinta años, la ciudad aún tiene cicatrices que nos recuerdan la sacudida aterradora y no nos queda más que aceptar que vivimos en una ciudad amenazada permanentemente por los movimientos telúricos.






Para Serpentín 29 septiembre de 2015

Con maíz, frijol y chile se ha sazonado una patria

Por Luis M. Márquez

Desde siempre el maíz fue vital en la conformación de la patria mexicana. El Popol Vuh, libro sagrado de los mayas, cuenta que los dioses crearon a los hombres de barro, pero no les fueron útiles, entonces hicieron hombres de madera, pero fueron destruidos porque carecían de corazón, y sólo cuando emplearon la semilla de maíz para construir el cuerpo de los hombres, éstos pudieron vivir. “De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados”. Para los mayas y aztecas los pueblos que no sembraban maíz y que no tenían un culto organizado de las grandes teocracias eran considerados bárbaros, en los que no había aparecido el alba de la cultura.
            Guillermo Bonfil Batalla, etnólogo y antropólogo mexicano de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, dijo: “El maíz es una planta humana, cultural en el sentido más profundo del término, porque no existe sin la intervención inteligente y oportuna de la mano; no es capaz de reproducirse por sí misma. Más que domesticada, la planta del maíz fue creada por el trabajo humano”.
            En México la comida es tan rica y variada como su propia historia. Los antiguos mexicanos supieron encontrar las combinaciones del cultivo del maíz y el frijol, el chile, la calabaza y el jitomate, con los que se alimentaban. Vivieron estos pueblos precolombinos en la abundancia natural, la cual aprovecharon, ya que extrajeron de ella lo mejor para su supervivencia y deleite.
            No obstante su diversidad alimentaria, hay tres productos que se forjan como símbolo de la nación mexicana: el maíz, los frijoles y los chiles; y de ellos, especialmente el maíz es la base de su consumo alimenticio, cuyo patrón gastronómico es la tortilla. Pero la creatividad culinaria quiso que esos hombres hicieran del maíz la masa mágica que podía transformarse en muchas formas distintas, porque con la misma materia elaboraban variedades asombrosas, no sólo las tortillas, están los tamales en sus docenas de tipos diferentes, según el estado de la República; los panuchos y los atoles, los pozoles y chilatoles; los huaraches, chalupas, las picadas, las gorditas, los molotes, los sopes y garnachas, los tlacoyos, las enchiladas, el pinole y los champurrados, los peneques y un largo etcétera de cada región del país.
            Los conquistadores españoles apreciaron a su arribo a las nuevas tierras la riqueza, el clima y la belleza de las distintas regiones de lo que hoy es México. Una vez consumada la conquista los misioneros franciscanos, dominicos, agustinianos y de otras órdenes edificaron espléndidas iglesias y conventos en donde las monjas “inventan” muchas de las más importantes aportaciones a la cocina mexicana contemporánea, al combinar ingredientes autóctonos con los que eran traídos de Europa, tal es el caso de los inigualables chiles en nogada, los camotes, ambos de conventos poblanos. Los misioneros introdujeron en el mundo indígena el cultivo de la caña de azúcar, la rosa de castilla, algunos tubérculos y el ganado, principalmente.
            De esa forma fueron levantadas en la Nueva España haciendas e ingenios azucareros en los que los indígenas trabajaban arduamente y se desarrolló en consecuencia el comercio. Había también abundancia de aves y especies pequeñas para cacería. Los indígenas sazonaban con hierbas de olor, condimentos, colorantes, flores, mieles, sal, chile y vinagre que obtenían del aguamiel. Cultivaban hongos, algas, nopal y maguey, así como tunas, de las que hacían miel y queso, sin faltar el chocolate (que es una de las aportaciones de México al mundo). Todo lo cual, además de frutas, bebidas refrescantes, tamales, antojitos, caldos y los imprescindibles dulces, fueron pronto suculentos manjares en las mesas de españoles, criollos, mestizos e indígenas en una mutua enseñanza e intercambio de las artes culinarias de España y de lo que hoy es México, para enriquecerse mutuamente.
            Sin embargo, la cocina mexicana es una especie de caleidoscopio colorido y sorprendente, porque casi cada estado de la República ha creado sus propias recetas que se han vuelto típicas del lugar. Hablar de gastronomía mexicana es profundizar en la idiosincrasia del mexicano y entender las infinitas posibilidades creativas de un pueblo para el que la elaboración de los alimentos alcanza niveles de misticismo.
            Intentar una lista de los manjares más representativo es tarea difícil, ya que se corre el riesgo de discriminar regiones enteras del país. Pero es necesario apuntar que existe un condimento que quizá no todas las cocinas del mundo puedan presumir: los colores de sus ingredientes, la combinación artística de tonalidades que parecen dibujar lienzos en cada plato. Resume pues esta cocina, el sabor con el color y la textura con la música. ¿Puede haber más arte en el placer de comer?








                          LOS DEMONIOS DE LOUDUN
                   
                                     

Jorge Noriega


    Aldous Huxley, el lúcido escritor, escribió entre otras literaturas el fascinante ensayo Los Demonios de Loudun.
    Loudun es una pequeña población francesa; hoy tiene cerca de 9.000 habitantes; relativamente cerca de París no se distingue de otras comunidades de la zona; tiene una escuela de veterinaria, sus trufas son célebres y la mezcla de católicos y protestantes está bien equilibrada.
    Ahí se fundó en 1626 un convento de monjas ursulinas. Las primeras en llegar fueron 17 jóvenes religiosas cuyo ministerio se estableció en la ciudad para contrarrestar a los hugonotes, por entonces mayoría religiosa.
    Una de ellas era Jeanne de Belcier, cuyo nombre religioso fue Juana de los Ángeles. Encorvada y muy pequeña, Juana poseía un carácter difícil, era ambiciosa e ingresó en las Ursulinas a los veinte años. Enviada a la comunidad de Loudun, pronto se reveló como una intrigante peligrosa. Así, mediante maniobras sucias, llegó a ser la superiora de la comunidad.
     Pronto hizo amistad con Urban Grandier, cura párroco de una de las principales parroquias de la zona. El hombre, llegado en 1627 a Loudun, tenía 27 años y era según las crónicas,  un tipo atractivo, culto y elegante. Y fuera de las historias, un sinvergüenza redomado, además de lujurioso insaciable. Joya eclesiástica, pues.
    Pero era un excelente orador religioso; Tenía embobadas a sus feligresas con sus muy piadosos sermones y molestos a los maridos quienes no podían acusarlo de heterodoxia ni evitar su presencia en las reuniones que las señoras organizaban ni alejarlas del confesionario.      Hasta que sucedió el desaguisado que me ocupa y que no fue moco de pavo.
    El borlote empezó a surgir cuando se supo que el cura de almas se casó, en secreto, con una hermosa jovencita en una ceremonia oficiada por el novio en una iglesia abandonada. Después de eso, el seductor se atrevió con Phelipa Trincant, hija del fiscal local. Al embarazo sucedió un matrimonio de esos que pretenden arreglar los penosos asuntos y sólo los agravan: el padre de Phelipa, agraviado en su honor, juró venganza, así que en conjunto con otros ofendidos, acusó al párroco de su inmoralidad y logró que se le juzgara; pero Grandier tenía sus adláteres (seguidoras) y salió de rositas (indemne), el muy burlador.
    Mientras todo esto daba combustible a las habladurías, Juana, quien al parecer seguía con interés el asunto, buscó a Grandier y le propuso para pedirle se hiciera cargo del confesionario conventual. Éste se negó y en su lugar llegó un enemigo del sacerdote, el Canónigo Mignon. Y aquí empieza la verdadera truculencia de la historia: El Canónigo se encontró con una serie de extraños acontecimientos en el convento: La jóvenes religiosas escuchaban ruidos, oían voces (masculinas) y se iban trastornando más y más. Entonces Mignon, ningún tonto, decidió aprovechar la histeria conventual para sus designios.
    Para empezar, trajo a un sacerdote a quien hizo certificar que las religiosas estaban, todas, poseídas por multitudes de demonios; era necesario un exorcismo en forma.
    Los habitantes de Loudun entusiasmados ante la novedad, empezaron a asistir a las sesiones, éstas  iban creciendo en espectacularidad y la misma Juana protagonizó un espectáculo público al mejor estilo de la película aquella, “El exorcista” que tanto ruido hizo en su momento.
    
   




Se dijo entonces que eran siete los demonios en Juana, cada uno con su nombre; esto hizo que las sesiones continuaran, cada una más violentamente espectacular que la anterior. Y aquí empezó la desgracia de Grandier porque Juana declaró que era él quien había entregado a las religiosas a los demonios; los enemigos del cura se alegraron, ya tenían lo que querían: una acusación de brujería podría llevarlo directamente a las llamas de la hoguera.
    El sacerdote se indignó y llevó el asunto directamente al arzobispo de Burdeos, amigo suyo quien detuvo todo el asunto. Seguramente Grandier respiró más tranquilamente. Sin embargo, un acontecimiento totalmente ajeno a él le volvió a la angustia: A loudun llegó sorpresivamente Jean de Laubardemont enviado por Richelieu para imponer por la fuerza la ley y autoridad monárquicas; se demolería el castillo de la comunidad como prueba patente de la fuerza real; sin embargo las autoridades se resistieron y Grandier tontamente se puso de su lado obstaculizando la demolición del castillo. Laubardemont vio la ocasión para destruir, finalmente, a su enemigo: retomó la acusación de brujería contra él y viajó a París para informar directamente a Richelieu quien guardaba inquinas contra el sacerdote. Así las cosas, en 1663, el Cardenal obtuvo del Rey Luis XIII permiso para reabrir el caso; a finales de año volvió a Loudun para arrestar a Grandier a la vez que los exorcismos de las monjas volvían tomar forma y fuerza. La maniobra simplemente dirigida a conseguir pruebas contra Grandier: dos de ellas eran particularmente irracionales: una sostenía que en el cuerpo de los indiciados habría zonas insensibles de dolor debidas al contacto con los demonios. Juana admitiendo con su declaración el hecho de haber tenido relaciones sexuales con Grandier, dijo que el acusado tenía cinco de esas “marcas” :  en los glúteos, la espalda, y los testículos. Un médico, traído a la cárcel para buscar esas zonas, usó métodos de una barbarie única: clavó, por ejemplo, un delgado cuchillo en los genitales de Grandier; los transeúntes en la calle se detenían a oír los alaridos. Esto duró hasta que en junio de 1634 se estableció un tribunal presidido por Laubardemont con doce jueces. A pesar de lo improvisado del procedimiento, apenas en la segunda sesión se declaró la culpabilidad del acusado y se le sentenció a la hoguera.
    Por su parte, Juana empezó a mostrar estigmas, a recorrer Francia en giras de “santidad triunfante”. En una de ellas escribió (1642) su autobiografía. Finalmente sufrió, en 1665, una hemiplejia que la mató. Expiró en “olor de santidad” entre las demostraciones de amor de sus seguidores, que fueron muchos.

Fuentes: FUENTES
The Devils of Loudun        Aldous Huxley   Oxford University  Press 1953
Historia    National Geographic N. 134  Mar’a Pilar Queralt          
La Bruja   J. Michelet      Akal  Bolsillo 1987

Jorge Noriega






   
   

   







Irasema la vecina.

De: Javier Flores Carranza

Irasema, la vecina del apartamento siete, ama a los animales. Yo, al regresar de la secundaria pasaba toda la tarde en su casa. Ella tiene unas tetas pequeñas color de durazno y dos perras chihuahuense: la Bobita, el Meno; y un gato, Manchitas. Era incuestionable el inmenso cariño que profesaba a los animalitos. Nunca me han tratado así, con tantísimas caricias y besos. Un día me corrió porque descubrió que usaba sus pantaletas rosas para masturbarme en su alcoba. Entonces decidí secuestrar a los chihuahuenses y al gato. Los encerré en un cuarto de azotea sin agua y sin alimentos. Filmé todo el proceso de su agonía. Después le envié el video con un ramo de flores blancas. Ella lloró por semanas y estuvo de duelo toda la vida. Yo quedé suspendido en la eternidad, meciéndome del mecate, a un lado de los cuerpos sin vida de Manchitas, la Bobita y el Meno.